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¿Por qué es tan difícil superar una adicción?

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En nuestro blog, ya hemos hablado anteriormente sobre qué son las adicciones y cuáles son sus causas y sus consecuencias. A grandes rasgos, podríamos definir una adicción como la dependencia de una sustancia, actividad o situación, que tiene consecuencias perjudiciales para la persona. La funcionalidad del individuo se ve afectada, y su vida pasa a girar en torno a la adicción. Cada vez experimenta mayor ansiedad y necesidad compulsiva de consumir la sustancia o llevar a cabo la actividad, lo que comúnmente se conoce como “mono”.

¿Por qué es tan difícil superar una adicción?

Al desarrollar una adicción, se ven afectados prácticamente todos los ámbitos de la vida de la persona. Desde las actividades diarias, hasta la motivación y los objetivos vitales, esta dependencia se extiende, afectando gravemente al individuo y a los que le rodean.

La adicción a nivel cerebral

Tanto la drogadicción, como otro tipo de adicciones, generan modificaciones en las redes neuronales, que a su vez van acompañadas de cambios en la conducta. El sistema biológico que nos permite entender cómo operan las adicciones es el sistema de recompensa.

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El sistema de recompensa es el encargado de “premiar” o reforzar las conductas que en un principio son adaptativas y útiles para nuestra supervivencia, como el sexo, comer o dormir. Al realizar estas conductas se desencadena la respuesta de placer, mediada por la activación de este sistema de recompensa, a través de la dopamina, la “hormona del placer”.

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Es aquí donde intervienen las drogas, sustancias psicoactivas que son capaces de suplantar o potenciar los efectos de la dopamina, o que median en la respuesta de placer. Lo mismo sucede en el caso de las adicciones sin sustancia, como la ludopatía, en las que la conducta adictiva resulta placentera, y activa el sistema de recompensa. Cuanto más se vea reforzada la conducta adictiva en términos de producción de placer, mayor será su efecto sobre las redes cerebrales. Dicho de otro modo, la conducta adictiva “formatea” nuestro cerebro, y produce cambios físicos en él, lo que favorece que se mantenga dicha adicción.

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El sistema de recompensa conecta con múltiples áreas cerebrales, regulando así importantes funciones psíquicas, como la volición, las emociones o la formación de hábitos. El exceso de estimulación por dopamina en las adicciones se traduce en esta reconfiguración y alteración de las funciones, que a su vez va a generar cambios en la conducta de la persona con adicción.

La adicción a nivel conductual

Como hemos visto, las adicciones traen consigo cambios en el cerebro que mantienen el consumo o la conducta adictiva, valiéndose de los propios mecanismos cerebrales. Prácticamente en todas las adicciones, el mecanismo de “fidelización” a la sustancia es la producción de dopamina. Esta tiene importantes conexiones con otras áreas del cerebro, y regula funciones clave de la vida mental de la persona

1. Autocontrol y capacidad cognitiva

Una de las principales funciones que se ven afectadas por el consumo prolongado o por la realización de conductas adictivas, es la volición o fuerza de voluntad. Lo que suele suceder en el desarrollo de la adicción es que en un principio se empieza a realizar la conducta de forma controlada y voluntaria, hasta que llega un punto que la conducta se lleva a cabo de manera compulsiva. Otras facultades que se pueden ver afectadas, especialmente en el consumo de drogas, son la memoria, la atención, o el razonamiento.

La modificación de redes cerebrales mantiene la conducta, lo que hace especialmente difícil salir del círculo de la adicción. Un cerebro adicto depende de la sustancia (o la actividad) para su correcto funcionamiento, y el no obtenerla genera un desequilibrio en el organismo. Es aquí donde aparece el síndrome de abstinencia (o “mono”) al dejar de realizar la conducta adictiva.

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La tolerancia a la sustancia, esto es, que cada vez se obtenga menos efecto con la misma dosis, también es un factor que mantiene el consumo o la actividad. El individuo busca la misma gratificación que obtenía al principio, pero no la consigue, por lo que repite la conducta con mayor frecuencia o aumenta progresivamente la dosis (en el caso de las drogas).

2. Emoción y motivación

El sistema de recompensa se conecta con las áreas cerebrales de regulación emocional. Esto tiene sentido, pues el realizar una conducta placentera nos produce emociones positivas. Ahora bien, cuando el efecto de la dopamina se ve alterado, el resto de cosas que antes nos hacían sentir bien pierden su interés. No se disfruta igual de hobbies o aficiones, las relaciones parecen carentes de sentido… Además de esta apatía, la persona con adicción desarrolla una especie de “dependencia emocional” hacia la conducta adictiva, que le previene de intentar salir de la adicción

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3. Formación de hábitos

La dopamina es un importante regulador de la automatización de conductas, así como del control motor. Esto lo podemos comprobar en el caso del Parkinson, en el que una falta de regulación de dopamina genera descoordinación del movimiento.

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Es por ello que la activación del sistema de recompensa es una pieza clave del desarrollo de rutinas de consumo o de realización de la conducta adictiva. La respuesta de placer generada por la conducta refuerza su realización, y esta pasa a convertirse en un hábito. Así, la persona seguirá realizando la conducta casi por inercia.

Si crees que necesitas ayuda con un problema de adicción, en CIPSIA disponemos de un equipo de psicólogos expertos en este área. Puedes contactarnos aquí.

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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