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Las fases del estrés y el confinamiento

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Durante este mes de confinamiento, cada uno se ha ido adaptando como mejor puede. A la situación sostenida de aislamiento y pérdida de actividades cotidianas, se le suma una importante dosis de incertidumbre, que también hemos aprendido a manejar como bien hemos podido. Y es que la situación en la que estamos viviendo estos días, desde luego supone una importante fuente de estrés.

Si quieres saber más sobre cómo afrontar la incertidumbre, puedes leer nuestro artículo aquí

Si quieres saber más sobre las claves para superar el confinamiento, puedes leer nuestro artículo aquí

 

Las tres fases del estrés

Desde la Psicología, el estrés crónico se entiende en tres
fases: alarma, resistencia y agotamiento.

 

Fase de alarma

Ante un peligro inminente (real o subjetivo), el cuerpo pone en funcionamiento los recursos necesarios para la supervivencia. Se desencadena la respuesta de lucha o huida, aumenta la producción de adrenalina y el latido cardíaco, los músculos se contraen, listos para la acción, respiramos más deprisa… La respuesta de ansiedad, a niveles controlados, también aumenta la creatividad y la imaginación, con el fin de movilizar los mecanismos de solución de problemas.

 

Fase de resistencia

Cuando el estrés se mantiene en el tiempo, la respuesta física se prolonga, aunque con menor intensidad que ante un peligro inmediato. Durante este periodo de aguante, el cuerpo y la mente trabajan a toda potencia, quizás mucho más allá de lo que seríamos capaces en situaciones normales. El cuerpo intenta recuperar su balance en esta nueva situación, pero los efectos físicos y psíquicos cada vez son más acusados: problemas digestivos, dolores musculares crónicos, problemas de concentración, bajada de las defensas, etc.

Si quieres saber más sobre la relación entre salud física y salud mental, puedes leer nuestro artículo aquí

Probablemente, en la actual situación la mayoría de las personas se encuentre en esta fase de resistencia al estrés, en la que aguantamos y perseveramos. Durante estos momentos, como decíamos, es probable que manifestemos síntomas de ansiedad leve o moderada, aunque de manera crónica, por lo que el desgaste progresivo irá haciendo mella. Las técnicas de relajación, y de detención de pensamientos pueden ser útiles para recuperarnos, así como la realización de actividades gratificantes que nos ayuden a desconectar.

Si quieres saber más sobre cómo recuperar los refuerzos durante el confinamiento, puedes leer nuestro artículo aquí

Artículo 20 Minutos: Un estudio evidencia que España está en la ‘fase de resistencia’, la quinta etapa emocional del confinamiento

 

Fase de agotamiento

En la fase de agotamiento, el estrés llega a su fin, bien sea porque desaparece el estresor, bien sea porque el cuerpo no es capaz de mantener la respuesta de estrés durante más tiempo. Todo el deterioro sufrido durante el periodo de estrés empieza a pasar factura, tanto emocional, como físicamente. Parece como si el organismo “colapsase”, y pueden aparecer infecciones y enfermedades oportunistas. Un ejemplo de esto lo tendríamos en el caso de los cuidadores de enfermos crónicos, que pueden pasar meses e incluso años, dedicándose en cuerpo y alma al cuidado de sus seres queridos, aparentemente sin consecuencias sobre su salud y su funcionalidad. Sin embargo, cuando la persona bajo su cuidado fallece, no es poco común que se derrumben, hecho que va más allá de la tristeza por la pérdida del ser querido.

 

Las consecuencias del final del confinamiento

 

Al final del confinamiento puede que las personas que han estado sometidas a estrés se derrumben. En este caso es esencial buscar ayuda

Dado que ya se vislumbra el fin de la actual situación,
aunque de manera progresiva, es previsible que con él muchas personas lleguen entonces
a este “agotamiento del estrés”. En aquellos casos en los que se ha vivido una
situación particularmente estresante, este agotamiento puede ser acusado.

Las personas que han realizado un sobreesfuerzo durante todo este periodo, como transportistas, sanitarios, cuidadores, o padres con niños, pueden necesitar un tiempo para reponerse. La soledad de las personas más aisladas, como los mayores, la convivencia de víctimas de abuso con sus maltratadores, o la incertidumbre económica, pueden mantener a estas personas en un estrés constante, que pasará factura. Cabe destacar también la situación de muchas familias que han perdido a un ser querido, y no han podido despedirse. Cuando acabe el confinamiento podrán realizar sus ceremonias, lo que probablemente les ayude en la gestión del duelo.

Después de la situación vivida, tocará ir adaptándose progresivamente a la normalidad. A algunos les será más sencillo, y a otros les costará algo más. Como decíamos, podrían aparecer problemas emocionales como consecuencia del estrés sostenido, y es por ello que, en estos casos, es necesario que se busque ayuda profesional y apoyo en nuestros círculos más cercanos, con el fin de evitar la cronificación de la problemática.

En CIPSIA psicólogos somos expertos en trabajar con problemas del estado de ánimo y otros problemas derivados de la adaptación a los cambios, por lo que si necesitas ayuda en relación a este u otros temas, no dudes en contactarnos

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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Recientemente publicamos en nuestro blog un artículo sobre cómo afecta el estigma a las personas con enfermedad mental. Como hablábamos en dicho artículo, las personas con trastornos psicológicos son vistas popularmente como peligrosas, impredecibles y excéntricas. Se las “segrega” de alguna forma del resto de personas “normales”, y frecuentemente se les atribuyen características negativas.

Sin embargo, la psicología actual considera que entre normalidad y anormalidad psicológica no hay una línea divisoria clara. Más bien, el ajuste psicológico constituiría un continuo desde la salud mental a la psicopatología.
– Si quieres leer nuestro artículo acerca del estigma en las enfermedades mentales, puedes leerlo pinchando aquí

Salud mental vs. enfermedad mental

Podríamos definir la salud mental como un estado de bienestar en el que el individuo es consciente de sus habilidades, y en el que es capaz de resistir tensiones moderadas en su vida. Se siente seguro y eficaz y es capaz de aportar a la comunidad con su trabajo.

Por el contrario, la enfermedad mental podría definirse como la alteración severa a nivel emocional, comportamental o cognitivo, y con ella la incapacitación del individuo en sus relaciones y en su adaptación al entorno.

– Si quieres conocer más acerca de las enfermedades mentales, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

– Si quieres conocer más acerca de la salud mental, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Como podemos imaginarnos a partir de estas definiciones, no es fácil delimitar qué es enfermedad mental y qué no. Además, el estado de salud mental es fácimente alterable por situaciones que no siempre podemos controlar. Por ejemplo, una persona sana podría sufrir en su vida un hecho traumático que le produjera gran malestar psicológico y acabase derivando en un trastorno psicológico como el Trastorno de Estrés Postraumático.

Anormalidad, ¿necesariamente negativa?

Como comentábamos anteriormente, la enfermedad mental suele ser descrita en términos de anormalidad, propensión a la violencia o peligrosidad. Además de esto, tendemos a asociar conductas atípicas, o que se salen de lo que consideramos como “normal”, con trastornos psicológicos. Si, por ejemplo, nuestro vecino se pusiese a gritar a las tres de la madrugada, diríamos que “Está loco” o que “Se le ha ido la cabeza”. Como podemos ver, entendemos la enfermedad mental como algo negativo e incluso despreciable. Esto afecta en gran medida a las personas con trastorno mental, e impide su integración y bienestar más allá de los perjuicios derivados de la enfermedad en sí.

¿La anormalidad implica enfermedad mental?

Comúnmente asociamos la normalidad con la adaptación social y con la salud mental. Sin embargo, esto no necesariamente es así. Un ejemplo: una persona con mayor tendencia a desarrollar ansiedad (respecto al resto de la población) tendrá mayor probabilidad de desarrollar un Trastorno de Ansiedad, pero esto no ocurrirá en todos los casos.

En psicología, el concepto de normalidad implica la proximidad a la media del grupo respecto a una característica concreta. Esto, por sí mismo, no supone que las personas “que se salen de la norma” tengan un problema, sino que simplemente difieren de su grupo de referencia. Desde la Psicología se entiende la diferencia entre normalidad y anormalidad como un continuo, y no como una separación inequívoca.

El rechazo hacia lo “anormal”

El hecho de estigmatizar a las personas que no entran dentro del concepto de “normal” tiene graves consecuencias. Las personas estigmatizadas sufren un descenso en su autoestima y en su calidad de vida. En especial, el rechazo social que sufren las personas con enfermedad mental no sólo empeora su adaptación y recuperación, sino que también les convierte en el blanco de agresiones, tanto físicas como simbólicas.

– Si quieres conocer más acerca de como detectar un problema de autoestima, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

– Si quieres saber más sobre la relación entre salud física y salud mental, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

En CIPSIA Psicólogos contamos con profesionales con experiencia en el tratamiento de este y todo tipo de problemas psicológicos. Si tienes dudas sobre este o cualquier otro problema, puedes contactarnos pinchando aquí.

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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