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¿Cómo ha cambiado el COVID-19 nuestra psicología?

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Si bien es cierto que en muchos lugares del mundo se van controlando los rebrotes de COVID-19 y reduciendo el número de contagios, nos queda aún un largo camino para recuperar el ritmo normal de nuestras vidas. En anteriores artículos, hablábamos de cuáles serían las consecuencias psicológicas del confinamiento en términos de salud mental y adaptación a los cambios en estos tiempos de incertidumbre. Ahora bien, a un nivel más global, podríamos esperar un cambio en las actitudes sociales como consecuencia de la pandemia.

 

     Si quieres saber más sobre las consecuencias psicológicas del confinamiento, puedes leer nuestro artículo aquí

 

Y es que el sentimiento de amenaza y el miedo al contagio pueden cambiar nuestra psicología a corto y largo plazo. Concretamente, el miedo al contagio nos llevaría a ser más conformistas y menos receptivos a la excentricidad, a la novedad y al cambio. Adoptaríamos así actitudes más conservadoras, juicios morales más estrictos y rígidos, incluso en temas tan aparentemente alejados del miedo al contagio como es la afiliación política, y un aumento de actitudes discriminatorias como el racismo y la xenofobia.

 

     Si quieres saber más sobre el miedo al contagio, puedes leer nuestro artículo aquí

 

El conservadurismo psicológico ante el COVID-19

Para explicar esta tendencia al conservadurismo y el conformismo, la psicología propone la teoría del Sistema Inmunológico Conductual. Al igual que nuestro Sistema Inmune nos previene de sufrir enfermedades mediante diversos mecanismos para eliminar patógenos, el Sistema Inmune Conductual se encargaría de modificar nuestro comportamiento para evitar el contacto con estos patógenos en primer lugar.

Según psicólogos como Schaller, dicho sistema desencadenaría una serie de respuestas psicológicas inconscientes, que actuarían como una primera línea de defensa para reducir el contacto con elementos potencialmente peligrosos para la salud. Por ejemplo, este Sistema Inmune Conductual sería el que nos llevaría a evitar comer alimentos en mal estado o que nos sentaron mal en ocasiones anteriores, mediante la emoción de asco, y de esta manera evitaríamos enfermar. De esta forma, en la crisis del COVID-19 evitaríamos el contacto con otras personas para reducir el riesgo de infección, aunque aquello no tenga una razón lógica y razonable. Actuaríamos siguiendo una filosofía de “mejor prevenir que curar”, que evolutivamente nos habría servido para sobrevivir como especie.

Este Sistema Inmune Conductual sería, por tanto, el que nos llevaría a actuar de forma más conservadora y menos arriesgada durante estos tiempos difíciles. La idea es que tenderíamos a seguir al grupo en mayor medida y a ser más precavidos a la hora de actuar por libre, todo ello como resultado del miedo a la enfermedad.

 

Distanciamiento social instintivo

Como decíamos, el distanciamiento social respecto a otras personas sería en gran parte instintivo, como respuesta al miedo y ansiedad ante el contagio. Aun sin comprender las causas o la forma de propagación de las enfermedades, esta tendencia aparecería como un modo de evitar aquellas. Especialmente en el caso de personas que muestran síntomas o signos de mala salud, se produciría un rechazo y una reticencia al contacto.

De nuevo, esta respuesta sería automática y primitiva, muchas veces irracional y no necesariamente respondería a un peligro significativo. Y, sin embargo, ello no alteraría la conducta de rechazo, nuestras decisiones y nuestros juicios morales.

 

Conformismo con el grupo

En tiempos de miedo y amenaza, las personas tienden a dar más importancia y ser más respetuosos con las normas sociales. En un estudio de Schaller, se observó cómo los participantes que se sentían amenazados por una infección eran menos inconformistas en la toma de decisiones, y por el contrario, seguían en mayor medida lo que hace el resto. El miedo también les hizo valorar de forma más positiva a las personas tradicionales y conservadoras, obedientes a las normas, por encima de las innovadoras o inconformistas.

 

     Si quieres saber más sobre el conformismo con el grupo y la presión psicológica, puedes leer nuestro artículo aquí

 

Vemos aquí cómo el sentimiento de amenaza ante la crisis del COVID-19 haría a las personas más sensibles a las posibles consecuencias del incumplimiento de las normas. Ello supondría que se valoren menos la individualidad, el inconformismo, la rebeldía y la innovación.

 

Juicios morales más estrictos

Como veíamos en el punto anterior, el miedo y la amenaza hacen que se valore más negativamente a aquellas personas que transgreden las normas sociales (escritas o no). Si tenemos en cuenta que muchas normas sociales reducen el riesgo de contagio o contaminación (por ejemplo, la higiene personal, la distancia o el contacto social aceptables, etc.), podemos entender la lógica de este planteamiento. Si alguien es propenso a quebrantar las normas, aunque estas no se relacionen con la prevención de enfermedades, pensaremos que es más probable que esa persona incumpla también las normas relativas a la salubridad y seguridad. Además de ello, la idea de que a estas personas no les importe ponerse en riesgo a sí mismos y a los demás, alimenta el rechazo.

 

     Si quieres saber más sobre cómo se crean y modifican las normas sociales, puedes leer nuestro artículo aquí

 

Ante una situaciones de crisis como la actual, las personas se convierten en estrictos jueces morales de las personas transgresoras. Un ejemplo aplicable al momento actual sería el valorar negativamente a una persona que no se pone la mascarilla por la calle, llegando incluso a llamarle la atención por el incumplimiento de la norma en tiempos de COVID-19.

Este juicio moral más severo en tiempos de amenaza se extiende también a otros ámbitos, aunque no estén relacionados con la enfermedad. Algunos estudios muestran cómo sólo con recordar a las personas el peligro de contagio sus actitudes se vuelven más conformistas y tradicionales, por ejemplo, respecto a la libertad sexual o la inmigración.

 

Miedo a los extraños

El miedo a la enfermedad no sólo nos hace alejarnos de los demás, sino también temer a las personas desconocidas. En un estudio realizado en Canadá se observó cómo el temor al contagio nos hace ser más desconfiados con las personas que no conocemos. Por ejemplo, se observó como los perfiles de las redes sociales causaban una peor primera impresión cuando se sentía miedo al contagio.

En páginas de citas o de contactos, las implicaciones del miedo a lo extraño nos harían valorar más negativamente la belleza menos convencional (piercings, tatuajes). Algunos estudiosos teorizan que el tipo de atractivo de estas personas se pueda asociar a una posible mala salud.

El rechazo a lo desconocido también aumentaría el racismo y xenofobia entre la población. Ello explicaría el aumento de casos de discriminación hacia personas con rasgos del sureste asiático, a las que se culpa de la pandemia de COVID-19 y se margina.

 

¿Todo el mundo experimentará estos cambios psicológicos?

Hemos visto que el temor a la enfermedad nos puede llevar a ser más conformistas en nuestras decisiones y actitudes sociales. Ello puede tener consecuencias sobre la discriminación de ciertos grupos, y producir el rechazo de la innovación y el cambio.

Sin embargo, estos cambios psicológicos variarán enormemente entre persona y persona, dependiendo del nivel de amenaza percibida y de su personalidad. Las diferencias en cómo se afronta la situación de crisis actual y qué tan fuerte sea la respuesta del Sistema Inmune Conductual determinará el comportamiento y el cambio psicológico.

Algunos científicos como Lene Aarøe defienden que las personas más sensibles al miedo y las represalias serían las que reaccionarían de manera más notable a la crisis sanitaria. Estas personas normalmente son más proclives a seguir las normas y a conformarse con lo que dice la mayoría, son más desconfiadas y menos innovadoras. La situación de amenaza no haría más que realzar este temor o aprensión al que ya tendían de manera usual.

Todavía queda por ver cuáles han sido y serán las consecuencias psicológicas y sociales de la crisis del COVID-19. Dentro de un tiempo podremos estudiar cuáles han sido los cambios más notables que la pandemia ha ocasionado sobre la forma en la que vemos el mundo. Aunque es arriesgado llegar a conclusiones, es posible que nuestra psicología cambie de modo sutil pero duradero, haciéndonos más aprensivos y menos tolerantes de la diferencia.

 

*Fuente: Artículo “Coronavirus: cómo el miedo a la enfermedad covid-19 está cambiando nuestra psicología” en BBC Mundo

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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No sorprende a nadie el hecho probado de que el lenguaje corporal es una parte importante de cómo nos comunicamos en interacción con los demás. Con nuestros gestos, nuestra postura y nuestro tono de voz decimos mucho más de lo que hablamos.

Parece claro que nuestro lenguaje corporal dice mucho sobre nosotros a otras personas, pero lo más curioso es que nuestro propio lenguaje corporal también parece influir en cómo nos sentimos y valoramos a nosotros mismos.

 

El lenguaje corporal

A través de la comunicación no verbal mostramos cómo nos sentimos, cómo percibimos y valoramos a los demás y la forma en la que nos desenvolvemos en el mundo. Además de ello, los seres humanos, como animales sociales, somos tremendamente sensibles a este tipo de información más allá de las palabras. Ello nos ayuda a formarnos rápidamente, incluso en segundos, una opinión sobre los demás, que normalmente suele ser acertada. Esta especie de “intuición social” es la que nos lleva por ejemplo a contratar a unas personas frente a otras, a elegir a una persona con la que queremos salir, e incluso a votar a un candidato político frente a otro.

 

Las dinámicas de poder expresadas a través del lenguaje corporal

Al igual que en la naturaleza, los seres humanos expresamos el poder sentido u otorgado por el grupo a través de nuestra postura y nuestro comportamiento. Las “posiciones de poder” consisten en la expansión y la exposición al mundo. Las personas que sienten poder de manera permanente o situacional se muestran usualmente erguidas, ocupan más espacio con su cuerpo, se nota su presencia. Expresiones como la de victoria, consistente en elevar los brazos al aire y levantar la cabeza, son tan universales que no sólo se comparten con otros animales, sino que aparecen incluso en personas ciegas, que no han podido imitar el comportamiento.

Por el contrario, las “posiciones de indefensión” son aquellas en las que el individuo se retrae hacia sí mismo, se cubre y se protege para evitar la amenaza. Este tipo de lenguaje corporal aparece ante la impotencia y el miedo. Encorvar la espalda, caminar mirando al suelo o ocupar el menor espacio posible son ejemplos de posiciones de indefensión. No es de extrañar el hecho de que estas se dan en mayor medida en mujeres que en hombres, que han aprendido a sentirse menos poderosas de manera crónica, y ello se traduce en una menor ocupación del espacio y menos comportamientos asertivos y de participación.

     Si quieres saber más sobre la indefensión aprendida, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Si quieres saber más sobre la percepción de poder o agencialidad sobre el medio, puedes leer nuestro artículo sobre la Teoría de la Atribución pinchando aquí

 

Cómo influye el lenguaje corporal de poder en nuestra mente

Resulta curioso el hecho de que las posiciones de dominancia o indefensión no sólo influyen en la manera en la que nos ven los otros, sino que también median en la forma en la que nos sentimos y nos vemos a nosotros mismos, y con ello, en cómo nos relacionamos con el ambiente.

Según los estudios de la doctora Amy Cuddy y su equipo de la Universidad de Princeton, el simple hecho de “falsear” una posición de poder puede tener un efecto significativo en nuestros niveles hormonales y en cómo nos sentimos. A partir de los estudios en jerarquías de primates, se ha podido observar cómo en los individuos que en breve ocuparán un puesto de liderazgo, aumentan sus niveles de testosterona (la hormona de la dominancia) y disminuyen los niveles de cortisol (la hormona del estrés). Esto tiene sentido a nivel biológico, pues un buen líder debe saber guiar al grupo, y al mismo tiempo, manejar correctamente el estrés.

Volviendo a los humanos, existen múltiples diferencias en cómo se comportan las personas según su percepción del propio poder. Las personas que se sienten poderosas son más asertivas, muestran mayor confianza en sí mismas y son más optimistas, toman más riesgos y son capaces de realizar razonamientos más abstractos y complejos. En el experimento del grupo de Princeton, se pide a los participantes que tomen posiciones de dominancia o indefensión, respectivamente, durante dos minutos, y después se les pide que apuesten. El grupo que tomó la postura de poder asumió más riesgos a la hora de apostar, mostró niveles más elevados de testosterona respecto a su línea base, y más bajos de cortisol respecto al punto de partida. En un segundo experimento en el que se sometía a los participantes a una entrevista estresante, el grupo de posición de poder obtuvo una mayor probabilidad de ser contratado para el supuesto trabajo.

Como conclusión de estos interesantes hallazgos, cabe destacar el hecho de que la postura corporal no sólo influye en cómo nos ven los demás, sino también en cómo nos sentimos y cómo somos capaces de afrontar las situaciones. Parece, por tanto, que el simple hecho de adoptar esta posición de poder antes de una situación estresante o retante, podría ayudarnos a sentirnos más confiados y tener un mejor desempeño. Más allá de ello, los pequeños cambios en la postura podrían ayudarnos a ganar autoconfianza a lo largo del tiempo.

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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Estamos esperando en la cola del cine. Solo hay un par de taquillas abiertas, por lo que se forma bastante cola. En un momento dado, llega una persona que intenta saltarse su turno, y varios de los que están esperando la fila se quejan y le reprenden. Aunque de manera implícita, las normas sociales están por todas partes, en múltiples situaciones cotidianas. No están escritas, pero tienen una poderosa influencia sobre el comportamiento de los individuos de un grupo, todo ello sin necesidad de una institución que las regule. Ahora bien, ¿cómo llega a aparecer una norma social como “respetar el orden de la fila”? ¿Cómo se mantiene esta convención, aparentemente arbitraria, dentro de un grupo?

Las utilidad de las normas

Indudablemente, las normas son esenciales para el mantenimiento
de una sociedad. Ayudan a tener cierta sensación de seguridad, y a que los
demás, en busca de su beneficio, no propasen los propios límites. A pesar de
venir dadas, las normas cumplen una importante función psicológica, nos ayudan
a regular nuestra conducta y a saber qué podemos esperar de los demás.

La influencia de la mayoría, del grupo al individuo

Las acciones de las demás personas nos sirven como un marco de referencia en base al cual podemos comportarnos para ser aceptados en sociedad. Dado que el ser humano es un animal social, la influencia del grupo es increíblemente poderosa. Ya sea porque obtenemos información, o porque nos sentimos presionados a imitar lo que otros hacen, asumimos y cumplimos normas sin siquiera cuestionárnoslas. Esto hace, finalmente, que las normas sociales se perpetúen en el grupo.

– Si quieres saber más sobre la Psicología Social, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Influencia normativa: presión grupal y conformidad

Si nosotros fuéramos la persona que se va a saltar la cola,
en el ejemplo que poníamos al principio, probablemente nos sentiríamos ansiosos
cuando los demás nos recriminasen el habernos colado. El miedo a la represalia
sería lo que mantendría la norma “respetar el orden de la fila”, y es muy
probable que la siguiente vez no volvamos a intentar saltárnosla. Ello lleva
normalmente a que los individuos de un grupo mantengan la norma sin
cuestionarla; en otras palabras, a conformarse.

– Si quieres saber más sobre la presión social, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

La presión social y la imitación de los demás mantiene las normas sociales

El ya clásico experimento de Asch intentaba probar el efecto que la presión del grupo tenía sobre el comportamiento de las personas. El experimento consistía en la presentación líneas de distinta longitud. La tarea era sencilla, decir qué línea era la más larga. Sin embargo, cuando al participante se le incluye en un grupo de cómplices del experimentador que dan todos la misma respuesta incorrecta, este da la misma respuesta que los demás. A pesar de saber que la respuesta que da es incorrecta, el participante sigue al resto, aunque no hubiera aparentemente represalias reales.

Influencia informativa: reducción de incertidumbre

A menudo, cuando no sabemos cómo comportarnos en una
situación, observamos a los demás en busca de respuestas. Esto, por supuesto, resulta
muy adaptativo, pues al fin y al cabo nos permite adecuarnos al contexto. En
este sentido, las acciones de los demás pueden servirnos como solución a nuestras
dudas. Esta sería otra de las formas de creación y mantenimiento de normas
sociales.

En el experimento de Sherif sobre el “efecto autocinético” se estudia cómo un grupo es capaz de generar una norma de respuesta en base a la información que nos dan los demás con sus actos, aun cuando no hay una respuesta correcta. El efecto autocinético es una ilusión óptica que consiste en ver en movimiento un punto de luz estático en una habitación oscura. Se pide a los participantes que estimen cuánto se ha movido el punto, aunque en realidad no hay una respuesta correcta. Cuando se junta a varios participantes en la misma sala para que den sus respuestas, estas tienden a converger; el grupo da una información valiosa ante la incertidumbre, y ello ayuda a tomar una decisión. Así se crea la norma grupal (ej.: el punto se mueve sistemáticamente 10 cm hacia la derecha), que se mantiene incluso cuando se separa de nuevo a los participantes en un ensayo individual.

La influencia de la minoría, de unos pocos hacia el grupo

El psicólogo social Serge Moscovici ideó una forma de estudiar cómo una minoría podría ejercer su influencia para lograr un cambio social. Para ello, modificó el paradigma de Asch, del que hablamos anteriormente. En lugar de tener una sala de cómplices que daban una respuesta unánime y errónea, en este experimento se pedía que una pequeña proporción del grupo diera la respuesta distinta (en este caso una respuesta ambigua, no clara). La clave para poder influir en los participantes fue el que el grupo minoritario se mantuviese consistente en sus respuestas, con lo que ejercían una influencia informativa distinta al resto, que incitaría (a gran escala y fuera del laboratorio) al conflicto social y a un posible cambio en la norma.

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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Este hecho, que conmocionó al mundo, fue retomado por la Psicología Social para su estudio. Desde esta rama de la Psicología, se pretendía buscar una explicación del comportamiento de este grupo de vecinos, en apariencia normales, más allá de sus características personales.

Cabe decir que, si bien este trágico hecho saltó las alarmas
sobre los peligros de la deshumanización y la falta de cohesión social de la
vida en la ciudad, los descubrimientos a raíz de él nos han ayudado en gran
medida a diseñar programas y a entender cómo se comporta el ser humano en
grupo.

Los factores que influyen en la realización (u omisión) de
la conducta de ayuda

Difusión de la responsabilidad de la ayuda

Un fenómeno social comprobado en múltiples ocasiones es el de la difusión o reparto de la responsabilidad. Cuantas más personas observen una situación sin hacer nada, menos probable será que alguna de ellas ayude. Básicamente, la responsabilidad y la culpa se reparten entre el número de observadores, y cada uno de ellos no se siente lo suficientemente responsable como para actuar.

La difusión de la responsabilidad podría deberse también a la información que recibimos del grupo que nos rodea. Si nadie hace nada, habrá alguna razón para ello. Además, el actuar en contra de lo que hace el grupo bien puede costarnos una represalia por parte de este, bien podría dejarnos en ridículo frente a los demás. En relación con esto, la competencia autopercibida de cada persona también puede ser un factor que reduzca la probabilidad de ayuda; cuanto menos capaces y más abrumados nos sintamos ante la situación, menos actuaremos.

La prisa del donante de ayuda

En un estudio clásico de Darley y Batson, se comprobó como los seminaristas de un curso religioso ayudaban menos cuanto más prisa tuviesen. Este fenómeno, conocido como la “parábola del buen samaritano”, hacía que el compromiso adquirido por llegar a una hora determinada, así como la falta de atención, redujesen progresivamente la probabilidad de ayuda.

Empatía, altruismo y egoísmo en la conducta de ayuda

Desde la Psicología Social, un porcentaje significativo de
los investigadores parten de modelos que niegan el altruismo puro. Por el
contrario, la postura mayoritaria apunta a que siempre tenemos una razón más o
menos egoísta para ayudar a los demás. Algunos modelos se centran en la empatía
con la víctima que necesita de la ayuda, y otros dan otras razones por las que
las personas ayudamos, relacionadas con un cálculo de costes y beneficios, o de
un autorrefuerzo y aumento de la autoestima

La mayoría de los modelos explican la ayuda en base a razones egoístas en lugar de altruistas

Los modelos de empatía focalizada en la víctima son la excepción del paradigma dominante en la explicación de los motivos de la ayuda. Según autores como Batson, empatizar con la víctima y ponerse en su situación nos lleva a sentir compasión por ella, y esta es la razón detrás de las acciones altruistas.

Por otro lado, los modelos basados en la empatía hacia uno mismo explican la ayuda como una forma de reducir la ansiedad que nos provoca ver a alguien sufrir. En este caso, los motivos de la ayuda serían puramente egoístas, pues ayudamos con el fin de reducir una emoción negativa en nosotros mismos, no en la víctima.

En otros casos, la ayuda se entiende como una función de los costes y beneficios que la conducta de ayuda le reportará al donante de la ayuda. Uno de esos beneficios sería el reconocimiento por parte de los grupos, y el aumento de la autoestima. Desde que somos pequeños, ayudar a otras personas se asocia con un refuerzo social y una mejora del estado de ánimo. De hecho, ante un bajo estado de ánimo inducido experimentalmente, se ha visto como la probabilidad de ayudar disminuye.

Efecto de la cultura y de las normas sociales en la conducta de ayuda

Autores como Bandura entienden la conducta de ayuda como una construcción social y cultural, más que como manifestación de una moralidad inherente al ser humano. La norma social nos indica que ayudar está bien, y desde pequeños se nos inculcan estos valores.

Por ello, existen diferencias entre culturas en la probabilidad y la dirección de la ayuda. En sociedades colectivistas, en las que predomina la importancia del grupo y la cohesión social por encima de los intereses del individuo, la ayuda es la norma. Se ayuda a todo el mundo, y ello contribuye a reforzar la identidad grupal (universalismo). Por otra parte, las culturas individualistas, en las que se resalta la valía y la unicidad de cada persona, la ayuda se dirige sobre todo al propio grupo de pertenencia (benevolencia).

– Si quieres saber más sobre las culturas colectivistas e individualistas, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Las diferencias de género también parecen ser importantes a este respecto. Las mujeres ayudan más cuando la ayuda es de tipo empático, y los hombres, por su parte, son más proclives a ayudar en tareas físicas.

La conducta de ayuda se relaciona con la discriminación por parte de una sociedad hacia ciertos grupos. Este es el caso del racismo encubierto o racismo sutil, en el que la omisión de ayuda supone un modo de violencia y de discriminación. La omisión de ayuda y la culpabilización de la víctima son una clara señal de prejuicios negativos hacia ciertos grupos, y son mucho más indicativos que los cuestionarios sobre prejuicios, que intentan falsearse para mantener una imagen positiva de uno mismo. En estos casos, las personas con prejuicios negativos atribuyen la culpa de su situación a la víctima del grupo discriminado: piensan que su situación es merecida, y por ello se niegan a prestar su ayuda.

– Si quieres saber más sobre la Teoría de un Mundo Justo (“cada cual tiene lo que se merece”), puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

La similitud y la proximidad con la víctima

Aunque parece obvio, siempre solemos ayudar más a personas cercanas y a aquellas que nos caen mejor. Cuanto más se parezca una persona a nosotras (física y actitudinalmente), más ayuda le prestaremos. Esto ocurre del mismo modo dentro de grupos más o menos extensos: ayudamos más a las personas que, creemos, son de nuestro grupo-más parecidas, por tanto, a nosotros-, y ello refuerza la identidad grupal.

– Si quieres saber más sobre qué hace que una persona nos atraiga, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Desde una perspectiva más biológica, algunos trabajos encuentran una mayor probabilidad de ayuda entre individuos emparentados frente a los no relacionados genéticamente. Nuestro “gen egoísta” nos hace actuar de manera que se garantice la perdurabilidad de nuestros genes. Dicho de otro modo, ayudando a las personas con las que compartimos genes, estamos favoreciendo la propagación y mantenimiento de nuestro material genético en la especie.

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

Culturas colectivistas vs. culturas individualistas

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Cuando pensamos en otras culturas diferentes a la propia, pueden resultarnos chocantes algunas de las costumbres o de los puntos de vista predominantes. Sin embargo, a menudo cometemos el error de juzgar otras formas de vida desde la visión de nuestra propia cultura. Caemos así en una especie de “colonialismo cultural”, en lugar de intentar valorar otras culturas como diferentes en lugar de inferiores. 

El estudio de las características culturales y sociales es importante para la psicología porque explica algunas de las creencias o “patrones” que se nos imponen, y en los que se basa nuestra personalidad y nuestro comportamiento. La raza, el sexo, la religión, la edad, los grupos en los que nos solemos mover, etc., nos imponen una serie de directrices o límites respecto a lo que podemos ser o llegar a ser. Si, por ejemplo, pertenecemos a una minoría oprimida, es más probable que los niveles de autoestima y asertividad sean más bajos, lo que en definitiva repercute sobre el aprovechamiento de oportunidades, que además serán más escasas.

– Si quieres saber más sobre la Psicología Social, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Individualismo vs colectivismo

Quizá una de las características más estudiadas por la Psicología Social o de los grupos sea el polo individualismo-colectivismo. Según esta clasificación, las sociedades colectivistas serían aquellas en las que se da mayor importancia al grupo que a la persona como individuo, mientras que en las sociedades individualistas el foco se dirige hacia la propia persona, y a sus características singulares. Esta clasificación permite explicar muchas de las diferencias entre personas de diferentes culturas, y permite predecir cuál será su comportamiento ante determinados hechos. Sin ir más lejos, el nivel de individualismo-colectivismo de un grupo influye hasta en algo tan nimio como los insultos. En un estudio se pudo comprobar cómo en el Norte de Italia, donde conviven culturas más individualistas, los insultos recurren a características personales reprobables, como la falta de inteligencia o a la “animalización” o infrahumanización (“Eres un cerdo”, “Eres un burro”). Sin embargo, en las sociedades más colectivistas del Sur de Italia, los insultos hacían alusión a los propios grupos de pertenencia y a la familia (“Los del Madrid sois unos idiotas”).

Las sociedades colectivistas

Las culturas colectivistas se corresponden geográficamente con las zonas mediterráneas, asiáticas y de América Latina. Los valores imperantes en estas sociedades giran entorno a la defensa del grupo. El grupo como conjunto es más importante que el individuo aislado. Suelen promoverse las modas y normas mayoritarias, y las disidencias se toleran mal. Por esa misma razón, la tradición suele ser muy importante, y se valora en gran medida el respeto al pasado. 

– Si quieres saber más sobre la conformidad al grupo, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

– Si quieres saber más sobre la presión de grupo, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Los colectivistas dan gran importancia a las relaciones con los otros. Muestran gran preocupación por los demás, y es común el apoyo social, lo que sin duda reduce muchos problemas psicológicos derivados de la falta de afecto y la soledad, como es el caso de algunos países nórdicos. El contacto con la familia es frecuente, y las familias son extensas. Se mantiene la relación con hermanos, primos, abuelos, tíos, etc., incluso llegada la edad adulta. También hay menos divorcios en estas sociedades, donde se busca la armonía, en lugar de la confrontación. No se suelen expresar directamente opiniones o emociones negativas que puedan molestar al otro.

Lo más importante en una sociedad colectivista es tener contactos. Conociendo a las personas adecuadas de la red social es como mejor se accede al éxito. Es por ello que en estas sociedades no son raros el “enchufismo”, ni los favores a los amigos y familiares. Por ejemplo, en una sociedad como la española, es frecuente que se nos haga descuento cuando compramos en la tienda de nuestro familiar, aunque esto sería impensable en una sociedad individualista.

Las sociedades individualistas

El individualismo predomina en sociedades occidentales y anglosajonas como Norteamérica y Europa del Norte. Se da gran importancia al concepto de libertad y a la singularidad de las personas en lugar de a la conformidad social. Al contrario que en el caso anterior, en las sociedades individualistas se rechazan los roles tradicionales y las tradiciones en general. Predominan los objetivos personales, la autorrealización y el beneficio propio por encima de los valores familiares. Estas son sociedades muy competitivas, en las que el egocentrismo es visto como normal e incluso deseable.

Las familias en culturas individualistas son mucho más reducidas que las colectivistas. Normalmente sólo se mantiene el contacto con la familia nuclear (padres, hijos, y como mucho hermanos). La comunicación es mucho más directa, y asertiva, ya que no se busca agradar sino expresar las propias opiniones, aunque ello pueda molestar a otros. Como el foco está en el individuo y no en las relaciones, las personas individualistas mantienen un mismo registro a partir de las distintas situaciones. Para una persona colectivista resultaría muy extraño dirigirse del mismo modo a su jefe que a su amigo en un bar, pero para un individualista, el modo de expresarse es una forma de realzar su distinción respecto a los demás.  

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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Tan sólo el 30% de nuestras acciones pueden ser explicadas por factores personales. Además de las características y cogniciones propias del individuo, una parte importante de nuestra conducta se debe a factores situacionales, y a la interacción de este contexto con dichas características y cogniciones. Esto hace a la Psicología Social una disciplina fundamental para explicar el comportamiento de las personas en sociedad.

La conformidad al grupo es una de las consecuencias de que el ser humano sea un animal social. Imitamos el comportamiento de nuestro grupo porque esto nos proporciona seguridad o porque tememos las represalias que supondría el incumplimiento de una norma.

Normas implícitas en el comportamiento en sociedad

En todo momento, nuestro comportamiento y sus efectos son influidos por la vida en sociedad. No solamente hemos de obedecer las leyes explícitas que se nos imponen desde nuestros gobiernos, centros de trabajo, escuelas o cualquier otra institución. Además de a las normas explícitas, nuestras acciones están sujetas a normas implícitas. Éstas no necesitan estar escritas en ninguna parte, pero resultan igualmente determinantes sobre nuestros actos. Un ejemplo de norma implícita sería aquella que indica que debemos respetar el turno de las personas que están por delante de nosotros en una cola. Realmente no hay una legislación explícita que regule que uno no puede llegar y ser atendido primero si hay personas esperando. No obstante, si alguien se salta el orden de una cola, probablemente sea reprendido por las personas a su alrededor, lo que no resulta agradable.

Por tanto, una de las razones por las que se mantienen estas normas implícitas es el miedo a las represalias por parte del grupo. Si uno no cumple con una norma implícita, el grupo le suministrará un castigo, que puede tomar diversas formas. Igualmente, estas normas aportan información sobre cómo hemos de comportarnos en una determinada situación. Así, el comportamiento de los demás resulta informativo y nos es útil copiarlo.

– Si quieres saber más sobre la fobia social, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Experimentos de conformidad al grupo

El paradigma de conformidad de Asch

Uno de los experimentos que muestra la predisposición a crear y mantener estas normas explícitas fue el “experimento de las líneas”. El paradigma fue ideado por el psicólogo Solomon Asch, y consistía en estimar la longitud relativa de dos líneas verticales. En realidad se trataba de una tarea muy sencilla, que los participantes podían superar sin dificultad en la fase individual. Sin embargo, cuando se incluía a la persona en un grupo, las cosas cambian.

En esta segunda fase grupal, se incorpora al participante real entre cómplices del experimentador. Todos los cómplices dan una respuesta incorrecta y unánime, de manera que cuando llega el turno del participante, éste da la misma respuesta incorrecta que su grupo. Aunque el participante es perfectamente capaz de darse cuenta de que la respuesta es incorrecta, se adapta a lo que dicen los demás. Teme el castigo incluso en una situación en la que no habría represalias reales.

Con este experimento nos podemos dar cuenta del gran poder que tiene el grupo sobre el individuo. Las acciones de la mayoría se convierten en una norma, que bien puede ser arbitraria, y que rige el comportamiento de la persona.

El experimento del ascensor

Otro de los numerosos experimentos de Solomon Asch sobre la conformidad al grupo es el “experimento del ascensor”. Este experimento consiste en ver cómo se comporta un participante al subir a un ascensor con varios compinches del experimentador. Los ayudantes reciben la orden de orientarse hacia un lado del ascensor, de manera aleatoria y todos al mismo tiempo, y el participante, aunque al principio se muestre desconcertado, les sigue a los pocos segundos. Imita a sus compañeros de ascensor incluso cuando estos van girando de lado varias veces en un mismo ensayo. Aquí podemos ver claramente la influencia del comportamiento grupal cuando éste da información acerca de cómo comportarse.

https://www.youtube.com/watch?v=S0xCv_S2JJM

El efecto autocinético

Un tercer experimento que prueba la tendencia humana de conformidad con el grupo es el del efecto autocinético. Si mirásemos a un punto de luz fijo en una habitación a oscuras, tendríamos la sensación de que se desplaza, aunque éste realmente no lo haga. A esta ilusión óptica se le denomina efecto autocinético, y sobre ella se construye este experimento.

El diseño experimental de esta tarea fue responsabilidad de Muzafer Sherif, que combinó una tarea perceptiva ambigua basada en dicha ilusión óptica, con la influencia de los otros. Primeramente se pedía al participante, de manera individual, estimar cuánto se desplazaba el punto de luz en cada ensayo, y estos establecían una “norma propia”. En una segunda fase, los participantes debían realizar la tarea junto a otros participantes. Las respuestas de los distintos sujetos convergían entonces en una estimación similar, y se establecía una “norma de grupo”, que todos seguían. En una tercera fase, individual, los participantes mantenían la anterior norma grupal.

Los experimentos sociales con el efecto autocinético nos permiten observar cómo ante una situación incierta, y en este caso ante una respuesta que nunca puede ser correcta (se trata de una ilusión óptica), los individuos emulan las respuestas de sus compañeros porque les permiten reducir su incertidumbre.

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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Cómo personas decentes llegan a cometer actos atroces: el efecto Lucifer

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En 1971, el psicólogo estadounidense Philip Zimbardo llevó a cabo un experimento tan controvertido como impactante, en el que pretendía investigar las causas de la maldad de las personas. Reunió a un grupo de 24 universitarios en la simulación de cómo sería una prisión. El experimento tuvo que ser abandonado tan sólo 6 días después de su comienzo, ya que la inmersión en el papel de “presos” y de “guardias” llegó hasta límites inimaginables.

El experimento de la cárcel de Stanford

Se reclutó a los participantes a través de un anuncio en el periódico, en el que se les prometía una remuneración por su participación en una “simulación de prisión”. Tras esto se seleccionó a los candidatos con mejor salud física y mental. Todos ellos fueron estudiantes universitarios, la mayoría jóvenes, blancos y de clase media.

Se dividió a los 24 estudiantes restantes en dos grupos: prisioneros y guardias. A cada grupo se le asignó un uniforme en función del rol que debían seguir. Los prisioneros llevarían batas de tela con un número grabado, por el que serían designados con los guardias, y medias en la cabeza para imitar el cabello rapado. A los guardias se les entregarían porras, unas gafas de espejo para evitar el contacto visual y uniformes de corte militar. Los guardias fueron convocados para una reunión informativa el día anterior al experimento, en el que se les manifestaba la prohibición expresa de utilizar la violencia hacia los presos. Policías reales “arrestaron” a los presos, que pasaron por el trámite usual que se sigue en casos auténticos de detención.

Una vez empezado el experimento, y tras un motín por parte de los prisioneros el segundo día, los guardias comenzaron a ejercer un trato violento y humillante sobre estos. Aparecieron actos realmente brutales por parte de los guardias. Sometieron a los presos a castigos y humillaciones, obligándoles a permanecer desnudos y a dormir en el suelo, negándoles la comida o ir al servicio. Estas conductas sádicas, que aparecieron en aproximadamente un tercio de los guardias, aumentaban por la noche, cuando creían no ser grabados.

El experimento tuvo que ser abandonado mucho antes de lo previsto por la magnitud que alcanzó la violencia hacia los prisioneros, algunos de los cuales desarrollaron trastornos emocionales.

El efecto Lucifer, cómo personas decentes llegan a cometer actos atroces

Puede parecer inconcebible que nosotros mismos o las personas que conocemos puedan llegar a cometer crueldades del calibre del experimento de 1971. Y es que, aunque la moralidad y los valores personales parezcan una barrera inquebrantable, las circunstancias sociales y del momento pueden llevar a personas a las que consideramos decentes y perfectamente normales, a cometer las más terribles atrocidades. Podemos encontrar múltiples ejemplos de esto a lo largo de la historia y también en los medios de comunicación. En el personaje Walter White de la serie Breaking Bad, sin ir más lejos, vemos una profunda transformación de sus actos. El protagonista experimenta un cambio radical desde un profesor de instituto, aburrido y corriente, hasta un mafioso que llega incluso a disfrutar de los crímenes que comete.

Procesos psicológicos del efecto Lucifer

Conformidad al grupo

Este principio se basa en el paradigma experimental diseñado por Solomon Asch. Según los resultados de sus estudios, la presión del grupo puede llevarnos a cometer actos que estén contra nuestras propias creencias o valores.

Obediencia a la autoridad

Como demostraron los experimentos de Milgram en la década de los 60, ante las órdenes y la insistencia de una figura superior, los valores morales se diluyen y las personas son capaces de cometer actos violentos. Hay que aclarar aquí que estos actos violentos se ejecutaban por los participantes sin coerción, simplemente a partir de las órdenes de un superior.

Desconexión moral (Albert Bandura)

Al realizar determinados comportamientos en contra de nuestros valores, buscamos explicaciones y atajos mentales para poder integrarlos y que no nos supongan una incongruencia. La evitación de esta incongruencia o disonancia cognitiva constituye una fuerte motivación por reinterpretar los hechos a nuestro favor.

– Si quieres saber más sobre la teoría de la autoeficacia de Bandura, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

– Si quieres saber más sobre las atribuciones o explicaciones que nos damos a nosotros mismos, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Factores ambientales

Condiciones como la estabilidad psicológica de la persona, la falta de sueño o los estereotipos pueden ejercer una relación mediadora en la comisión de actos violentos.
– Si quieres saber más sobre el insomnio, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

A pesar de los valores de la persona y una moral supuestamente incorruptible, la violencia no es algo que se escape de nuestra naturaleza. Ello no quiere decir, por supuesto, que no debamos intentar mejorar como personas. No obstante, la deshumanización, las dinámicas sociales y la presión de grupo pueden desencadenar, como hemos comprobado, actos de extrema maldad en personas decentes.

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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Creencia en un Mundo Justo: cada cual tiene lo que se merece

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A principios de los 80, el profesor Melvin Lerner publicó un libro titulado “La creencia en un mundo justo: una ilusión fundamental”. Según Lerner, la Creencia en un Mundo Justo se basa en la idea de que todo aquello que les sucede a las personas es consecuencia de sus acciones y su esfuerzo. A las personas que actúen con bondad les ocurrirán cosas buenas, mientras que las personas malas sufrirán desgracias como consecuencia de su comportamiento reprobable.

A pesar de que evidentemente esto no es así en la realidad, la creencia de que cada cual tiene lo que se merece actúa como protectora de nuestra autoestima y nuestra salud mental. La certeza de que el mundo es un lugar predecible y ordenado resulta imprescindible para tener la seguridad que necesitamos. Por supuesto, esta creencia se dará en mayor o menor medida en función de la persona. No obstante, aunque este sesgo pueda parecer irracional e ingenuo, cumple una importante función psicológica.

– Si quieres saber más sobre la autoestima y el autoconcepto, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

– Si quieres saber más sobre cómo influyen nuestras creencias en nuestros problemas, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Factores psicológicos que se relacionan con la Creencia en un Mundo Justo

Estilo de atribución interno

Una persona internalista atribuye las explicaciones sobre lo que le ocurre a ella y a los demás, a las características o actos de la propia persona. Por el contrario, una persona con estilo de atribución externo buscará las causas de lo sucedido fuera del individuo (suerte, casualidad, fuerza divina).

Es por ello que normalmente la Creencia en un Mundo Justo se da en el primer tipo de personas. Para los internalistas lo que determina que las cosas vayan bien o mal es la propia agencia de la persona. Por esta razón, entenderán que el esfuerzo y las buenas acciones llevarán a consecuencias positivas, y viceversa.
– Si quieres saber más sobre los estilos de atribución, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Empatía hacia la persona que sufre una situación negativa

Normalmente la Creencia en un Mundo Justo se basa en la atribución de toda la responsabilidad de una situación a la persona. Esto hace que no se tengan en cuenta posibles circunstancias del contexto, que hayan podido llevar a la persona a dicha situación.

Sin embargo, en los casos concretos en los que se sienta empatía, es más probable que uno sea más benevolente al atribuir causas. De esta forma, la Creencia en un Mundo Justo tendría menos peso en estos casos, y buscaríamos explicaciones alternativas fuera del individuo (“Tuvo un mal día”, “Fue mala suerte”). Por ejemplo, esto ocurriría ante personas que son más parecidas a nosotros, ya que la similitud hace que nos identifiquemos en mayor medida con el otro.
– Si quieres saber más sobre qué factores hacen que prefiramos a unas personas frente a otras, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Ideologías más conservadoras y autoritarias

Algunos estudios han señalado la correspondencia entre este tipo de ideologías y la Creencia en un Mundo Justo. Estos resultados se podrían explicar en base a la peor tolerancia al cambio y la incertidumbre, propias de estos idearios. A nivel político, la Creencia en un Mundo Justo se podría traducir en la supresión de medidas de equilibrio social, ya que se entiende que cada individuo llegará a una posición social u otra en función de sus méritos, sin tener en cuenta factores del contexto, como la pobreza o la dificultad de acceso a estudios superiores.

Consecuencias psicológicas de la Creencia en un Mundo Justo

La Creencia en un Mundo Justo se manifiesta en una serie de pensamientos y de formas de ver la vida. Para la persona que cree que lo que les ocurre a las personas es resultado únicamente de sus acciones, el mundo es un lugar en el que cada cual tiene lo que se merece. Esto se traduce en procesos como la búsqueda selectiva de la información, la culpabilización de las víctimas o la búsqueda de causas a posteriori.

Sesgo confirmatorio

Los seres humanos tenemos una notable tendencia a buscar información que confirme nuestras propias ideas, y a ignorar el resto. Esto se aplica también en el caso de la Creencia en un Mundo Justo. La persona que comete este sesgo es capaz de buscar explicaciones ante cualquier evento que contradiga su visión de un mundo en el que cada uno obtiene su merecido. De esta manera, la creencia permanece, a pesar de que haya datos que la contradigan, gracias a los sesgos y las distorsiones cognitivas
– Si quieres saber más sobre las distorsiones cognitivas, puedes leer nuestro artículo pinchando aquí

Culpabilización de la víctima

Ante información que desmienta la Creencia en un Mundo Justo, se buscan una serie de estrategias. Cuando a una persona decente le ocurre una desgracia, se atribuyen causas que apunten a la acción de la víctima para mantener la creencia. Un ejemplo de esto sería acusar de imprudencia a la víctima de un atraco, pensando que “Podría haber hecho algo para evitar la agresión”.

Búsqueda de causas a posteriori

Al igual que en el caso anterior, una vez se ha desencadenado la consecuencia, la persona que cree en un Mundo Justo busca las causas a posteriori, y las expone como si desde un principio fueran obvias. Siguiendo con el ejemplo anterior, una persona con Creencia en un Mundo Justo diría algo así como: “Era obvio que la persona que se acercaba era un atracador, debería haberse dado cuenta”.

Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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