En un artículo anterior hablábamos sobre el efecto Lucifer. Dicho efecto consiste en una desconexión moral al cometer actos en contra de nuestras concepciones morales. La persona que comete el acto malvado busca una ruta alternativa, una explicación que justifique sus actos. De esta manera, el individuo es capaz de evitar la incongruencia interna o disonancia cognitiva.

Por tanto, podríamos definir la disonancia cognitiva como un estado mental de tensión, provocado por la contradicción entre nuestras acciones y nuestras ideas, valores o creencias. La disonancia también aparece cuando se mantienen dos ideas o creencias incompatibles entre sí. Esquivar la disonancia cognitiva nos permite sustentar nuestra necesidad de congruencia y de seguridad. Por el contrario, la incongruencia pone en juego nuestra propia imagen ante nosotros mismos y ante los demás. La disonancia cognitiva lleva asociada una respuesta emocional, más intensa cuanto mayor sea la discordancia. 

Pongamos un ejemplo. Si la salud es un tema importante para nosotros, es muy probable que a menudo llevemos a cabo comportamientos de acuerdo con estos valores. Por ejemplo, evitaremos tomar alimentos procesados, con azúcares añadidos, etc. Sin embargo, también es muy probable que en algún momento tengamos alguna comida con amigos o familiares y nos excedamos o comamos algún dulce. Tras hacer algo que no coincide con nuestros valores, puede que nos sintamos un poco mal después. En este momento aparecerá la disonancia cognitiva.

El estudio de la disonancia cognitiva

Este fenómeno empezó a ser estudiado desde la Psicología Social. El término fue propuesto por el psicólogo Leon Festinger en 1957, en su libro Teoría de la Disonancia Cognitiva. Según dicha teoría, la incoherencia interna es tanto mayor cuando la acción desencadena consecuencias más negativas, cuando el valor incumplido es importante en la definición de uno mismo, y cuando se remarca dicha incoherencia. El individuo intenta rebajar la incongruencia mediante la elaboración de ideas que justifiquen nuestro comportamiento y reduzcan la disonancia. 

Siguiendo con el ejemplo anterior: si, tras una comilona sentimos que no estamos siendo fieles a nuestro compromiso con nuestra salud, normalmente buscaremos explicaciones a nuestro comportamiento del tipo “Sólo es un día” o “No es malo darse un capricho de vez en cuando”. Por supuesto, si normalmente llevamos una dieta saludable, una sola comida no arruinará nuestra salud, pero a continuación veremos que este tipo de pensamientos, en ocasiones, se pueden volver contra nosotros. 

Pensamientos generados por la disonancia cognitiva

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Como hemos mencionado anteriormente, la intensidad de la disonancia dependerá de factores como las consecuencias negativas de la acción, la importancia del valor concreto para la persona, o el “compromiso” sentido con el mantenimiento de la coherencia. Existen diferencias entre las personas en el grado de incongruencia que son capaces de tolerar.

Sin embargo, como regla general, a mayor intensidad de la disonancia, mayor será la respuesta emocional, y las justificaciones deberán ser más convincentes y más numerosas. Mediante la generación de justificaciones, el sistema cognitivo intenta neutralizar la tensión entre los valores y creencias de la persona, y la comisión de actos contrarios a estos valores. De esta forma, intentamos “racionalizar”, o dicho de otro modo, buscar explicaciones de los hechos, a posteriori. Se busca una explicación que no necesariamente ha de ser cierta, pero que da cuenta de nuestro comportamiento incongruente.

La disonancia y el autoengaño

El mantenimiento de la coherencia cognitiva es, hasta cierto punto, necesario para nuestra salud mental. Nos permite saber quiénes somos, y preservar una autoestima positiva. No obstante, la disonancia cognitiva también puede ser beneficiosa, si nos hace replantearnos ideas y creencias disfuncionales. 

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Cuando no somos capaces de tolerar la disonancia y las justificaciones cobran cada vez más fuerza y sofisticación, podemos caer en el autoengaño y la desconexión con la realidad. Es en este momento cuando la búsqueda de coherencia se vuelve contra nosotros. Las justificaciones a nuestros actos se vuelven cada vez más creíbles y más convenientes, y ello nos aparta de lograr nuestros objetivos y de ser fieles a nuestros valores. 

El autoengaño tiene importantes consecuencias psicológicas a la larga, mientras que la responsabilización de los propios actos negativos nos permite sentir que controlamos nuestra vida y que somos capaces de dirigirla. En relación con esto, las personas con un estilo más externalista, que no suelen considerar que tienen control sobre sus vidas, son más propensas a la racionalización o justificación de sus actos negativos. Por otra parte, las personas con un estilo internalista tienden a asumir responsabilidades y a tomar el control de la situación. Quizá la diferencia más importante entre estos dos estilos sea que los segundos gozan generalmente de una mejor salud mental, con índices más positivos de autoestima y autoeficacia, entre otros.

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Artículo escrito por CIPSIA Psicólogos Madrid: Irene Serrano

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